Hace algunas semanas fui a visitar a una amiga para pedirle consejo, porque me sentía frustrada con algunas cosas que estaban sucediendo en mi vida, después de varias preguntas para entender mi contexto y lo que estaba sintiendo me preguntó, ¿Y ya le preguntaste a Dios qué te llamó ÉL a hacer en ese lugar?
Mi respuesta fue «creo que no». Muchas veces cuando Dios abre puertas, cuando nos lleva a lugares, cuando nos da influencia sobre alguna persona o algún grupo, simplemente asumimos.

Asumimos que si estamos «aquí» es para hacer algo obvio, para ayudar a alguien, para arreglar algo, el problema es que asumimos roles que no nos corresponden, nos peleamos con personas por temas que no eran la razón por la que Dios nos trajo a este lugar, nos desgastamos tratando de «ayudar» a la gente a darse cuenta de cosas que nadie nos pidió aclarar.
Cuando estemos delante de la presencia de Dios, y Él nos pida cuentas de nuestra vida, creo que la pregunta no va a ser ¿Qué hiciste con tu vida? sino ¿Hiciste lo que te llamé a hacer?
22 En aquel día, muchos me dirán: “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?” 23 Pero yo les diré claramente: “Nunca los conocí. ¡Apártense de mí, obreros de la maldad!”
Mateo 7:22-23 RVC
– O U C H –
Profetizar, hacer milagros, echar fuera demonios… ¿No te suena muy espiritual? ¿No te suena como lo obvio que deberíamos de hacer? Pero la respuesta del Señor es «Nunca los conocí».
Necesitamos una relación con Dios, y dentro de esa relación necesitamos preguntarle, Padre, ¿Por qué abriste esta puerta? ¿Qué quieres que haga con ella? ¿Por qué me abriste una plaza en este trabajo? ¿Por qué me llamaste a servir en «esta» área? ¿Qué quieres TÚ que haga con «esto» que me diste?
Si te sientes frustrado en el trabajo, en la universidad, dentro del área en la que sirves en la iglesia, o incluso en tu familia, ¿Le has preguntado a Dios qué quiere que hagas en ese lugar?

